A veces los adultos sentimos que tenemos que aprovechar cada momento con nuestros hijos para enseñar algo, corregir, advertir, explicar, preguntar cómo les fue, revisar qué hacen, estar atentos. Y claro que criar y acompañar también implican eso, pero no solamente eso.
Hay una parte de los vínculos que se construye en las conversaciones aparentemente inútiles; en los viajes a la escuela hablando de cualquier cosa; en mirar una serie juntos; en cocinar; en reírse de videos absurdos; en escuchar una anécdota interminable sobre alguien que no conocemos; en compartir silencios o en “perder el tiempo”.
A veces creemos que esos momentos son secundarios porque no dejan una enseñanza visible. Sin embargo, suelen ser el terreno donde nace la cercanía, en una relación que sigue siendo entre persona adulta y adolescente, en una relación que no es de pares o de amistad y que - aún así - admite “hacer nada” juntos. Allí el vínculo se nutre, se enriquece, se hace más fuerte porque crece la confianza.
En relación a esto, la investigadora argentina Carina Kaplan sostiene que “la confianza es una emotividad estructurante de la experiencia educativa”. Y aunque lo plantea pensando en la escuela, también puede ayudarnos a pensar en otros ámbitos de la vida: nadie se abre profundamente con alguien con quien no se siente seguro, alojado, mirado sin juicio permanente.
Las adolescencias no se abren solamente cuando hacemos “preguntas importantes”. Muchas veces se acercan cuando sienten que no están siendo evaluadas; cuando perciben que el vínculo no aparece únicamente para controlar, corregir o marcar peligros.
Si queremos hablar de sexualidad, de consumos problemáticos, de vínculos violentos, de angustias o de miedos, primero necesitamos haber construido un lugar habitable para esas conversaciones. Y ese lugar se arma compartiendo tiempo, presencia, disponibilidad emocional, interés genuino.
Como expone Ana Abramowski, los vínculos también se construyen en las pequeñas escenas cotidianas: en los gestos, las miradas, las formas de estar juntos; no solamente en las grandes conversaciones trascendentales. Tal vez ahí se encuentre una punta del ovillo para pensar a las familias hoy.
Los adultos no estamos sólo para “bajar línea”. También somos personas con las que se puede disfrutar, jugar, pensar, descansar, mirar el mundo; personas interesantes para compartir la vida.
A veces una charla profunda no empieza con una gran pregunta sino después de una risa compartida, de una caminata, de una comida o de horas en las que aparentemente no pasó nada importante.
En esos ratos se construye una certeza silenciosa: “con esta persona puedo estar”.
Entonces sí, aparece la posibilidad de contar lo que duele, lo que preocupa, lo que da miedo o vergüenza.
En un tiempo acelerado, donde todo parece tener que ser productivo, quizás también necesitemos recuperar el valor de estar juntos sin objetivo. De compartir momentos que no “sirven” para nada concreto o, mejor dicho, que sirven para lo más importante.
Hay conversaciones que sólo pueden existir después de muchos momentos hablando de nada.
