Tramas que cuidan 10: Acoso entre adolescentes, lo que no empieza ni termina en allí

Cuando hablamos de acoso escolar —o bullying— muchas veces la escena se simplifica: un agresor, una víctima y algunos testigos. Pero lo que sucede es bastante más complejo. Estas situaciones no ocurren en el vacío: se producen en tramas vinculares, institucionales y sociales que, de distintos modos, las habilitan, las sostienen o no logran interrumpirlas.

Es por esto que más que preguntarnos solamente qué les pasa a las y los adolescentes que participan de estas situaciones, se torna necesario ampliar la mirada: ¿qué lugar ocupamos los adultos en todo esto?

No se trata de quitar responsabilidad a quienes ejercen violencia, sino de asumir que no son los únicos responsables. Como plantea el investigador sueco Dan Olweus, el acoso se sostiene en contextos donde hay desequilibrios de poder, pero también donde faltan intervenciones claras y sostenidas por parte de los adultos. En esa misma línea, la pedagoga argentina Inés Dussel advierte que las instituciones también enseñan modos de relación: muestran qué se tolera, qué se permite y qué se naturaliza.

Cuando ciertas burlas se minimizan, cuando algunos comentarios se dejan pasar o aparece el “es cosa de chicos” como explicación, lo que se transmite no es neutral: se transmite que eso puede seguir pasando.

El acoso no siempre es evidente. A veces aparece en silencios, miradas, risas compartidas que dejan a alguien afuera, mensajes que circulan por redes o burlas que se repiten. Por eso es importante prestar atención a ciertos indicios: cambios en el estado de ánimo, aislamiento, miedo a ir a la escuela, dificultades para dormir o cambios en el uso del celular y las redes. Ninguna señal por sí sola confirma una situación de acoso, pero sí merece ser escuchada.

Como sostiene la psicóloga María Zysman, fundadora de @libresdebullying,  el acoso no es sólo un problema entre pares: interpela a toda la comunidad. Requiere adultos capaces de leer lo que sucede, intervenir a tiempo y sostener procesos de acompañamiento.

Muchas veces, incluso sin quererlo, los propios adultos reforzamos lógicas que después cuestionamos: cuando celebramos la competencia extrema, cuando usamos el humor para marcar diferencias o cuando miramos para otro lado frente a ciertas situaciones. Por eso, no se trata sólo de intervenir cuando el problema aparece, sino también de revisar las condiciones que lo hacen posible.

Acompañar a las adolescencias implica mucho más que sancionar conductas. Implica estar, escuchar, intervenir cuando algo duele y sostener a quienes la están pasando mal. Pero también trabajar con quienes ejercen violencia, sin reducirlos únicamente a ese lugar.

¿Qué pasaría si en lugar de sólo frenar el acoso, construimos entornos donde la violencia no sea una vía para existir o pertenecer? En esa tarea, los adultos no somos espectadores: somos parte imprescindible.

(Esta reflexión se inscribe en la serie “Vínculos que sostienen (o no)” – Instituto de Formación Docente N°3 @ifd3_sma)

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